viernes, 20 de noviembre de 2009
FIN ¿?
...si Dios quiere el año que viene volvemos, si Dios no quiere, no.
Gracias a todos los que nos acompañaron
domingo, 4 de octubre de 2009
domingo, 30 de agosto de 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
Crítica de Gabriel Peralta
Aquí les dejamos la crítica de Gabriel Peralta, de Crítica Teatral.
Para verla... http://www.criticateatral.com.ar/index.php?ver=ver_critica.php&ids=1&idn=1937
Saludos!
viernes, 14 de agosto de 2009
Y llegó el estreno
El sábado 8 de Agosto de 2009 a las 19 horas se estrenó en el teatro Payró: "Lida y Misius".
Este es un espacio de silencio para los ensayos que se acabaron...
Ahora serán las funciones... quizás se meta algún ensayito más para que el corte no sea tan brusco.
Gracias a todos los que de alguna manera colaboraron en el proceso de trabajo que nos trajo hasta aquí.
Abrazos!!!
martes, 21 de julio de 2009
viernes, 3 de julio de 2009
Lida y Misius - Estreno 8 de Agosto - 19hs
Lida y Misius
Lucía, Elisa y N., son protagonistas de un reencuentro y sus vínculos parecieran encontrar precedentes en un cuento de Antón Chéjov, de nombre “Casa con desván”.
Aquí, o mas bien mucho antes, el cuento irrumpe en la progresión del relato teatral.
Lucía, Elisa y N. actúan, versionan o directamente son, Misius, Lida y N. En esta dualidad, intentan encontrarse, y como acertar qué es lo que siente cada uno entre sí resulta complejo: ¿Amor, celos, odio? ¿Todo esto? Es preferible sí afirmar que se contienen en el deseo de ser personajes chejovianos.
Casa con desván (Relato de un pintor.)
N. (pintor reconocido) vive en la propiedad de un hacendado de nombre Belokúrov. Por intermedio de este, conoce y comienza a frecuentar la casa de la familia Volchanínov. Esta misma, integrada por la madre (Yekaterina) y las dos hijas (Lida y Misius.)
En estos encuentros, se harán frecuentes los paseos en el parque, conversaciones en la pequeña sala de la casa, tardes de té, noches de largas cenas. A lo largo del relato se irá tejiendo una compleja red de sentimientos, entre el pintor y las dos hermanas, las dos hermanas entre sí.
Según palabras del propio N. - “me asaltó el triste convencimiento de que todo en esta vida, por muy largo que sea, tiene su fin” - así, estos encuentros se verán interrumpidos hacia el final por variantes que hacen a la trama, y Chéjov, en una pregunta, pondrá un final magnífico a su relato.
Versión libre
Casa con desván, de Antón Chéjov, es abordado en Lida y Misius, casi como una doble construcción. Es decir, la de los personajes de la obra y la de los personajes del cuento.
Lucía, Elisa y N., leen y versionan, actúan o son, Misius, Lida y N. El límite entre ambos se plantea algo difuso, y en este acercamiento, se manifiesta el deseo de extraer ciertas texturas, sensaciones, que el cuento nos fue acercando en el proceso de ensayos. A partir de aquí, lo generado en cuanto al espacio donde sucede la acción, escenas, actuaciones, que a entender de todo el elenco y de los mismos personajes de la obra, parecen e intentan acompañar a Chéjov.
martes, 30 de junio de 2009
miércoles, 24 de junio de 2009
Manuel Ochoa - Músico
Manuel Ochoa nació en La Plata, provincia de Buenos Aires en el año 1979.
Ha realizado sus estudios en la Escuela de Música Contemporánea y fue becado por la Universidad de Berklee Collage of Music (Boston)
Estudió en New York con los pianistas Fred Hersch, Bruce Barth y la profesora Sophia Rosoff y master classes de improvisación con Barry Harris y en Buenos Aires con los pianistas, Emma Botas, Ernesto Jodos y Guillermo Romero.
En el año 2005 apuesta a su carrera como Solista y en el año 2006 presenta su primer disco llamado “Rudias”; en el año 2007 realiza el Lanzamiento de “MANARE” disco Solista en formato de Trio, realizado con el apoyo del Fondo de Cultura de Bs.As.
En el año 2007 fue ternado en los Premios Clarín en el rubro Revelación de Jazz.
Desde el año 2002 a la fecha ha realizado actuaciones en diversos lugares de la Ciudad de Buenos Aires como Notorious bar, Thelonious, La Trastienda club, Clásica y Moderna, Teatro Alvear, Teatro N/D Ateneo, Teatro Maipo, Teatro Municipal General San Martín, Biblioteca Nacional, entre otros; con artistas como: Fats Fernandez, Susana Rinaldi, Walter Malosseti, Javier Malosetti, Hernán Merlo, Marcelo Torres, Ligia Piro, Jerónimo Carmona, Oscar Giunta, Luis Ceravolo.
Asimismo ha participado en las grabaciones de los discos de Susana Rinaldi “ HOY COMO AYER” (año 2006); Fats Fernandez “BALADAS” (año 2006); Ligia Piro “BABY!” (año 2006) ; Guadalupe Raventos “MALA PERRA” (año 2005).
jueves, 11 de junio de 2009
Miguel Nigro - Escenógrafo
Realiza trabajos de escenografía y puesta en escena para ópera y teatro musical entre las que se destacan: "Mefistófeles", "Francesca de Rímini", "Il Campanello", "La Medium", "La Voz Humana". Diseña escenografías y figurines para teatro de prosa, teatro infantil, teatro de animación de objetos, ballet y TV. Para teatro de prosa: “El Casorio”, “Piel de Pollo”, “Ubu Rey, de la Matazanja” (con el grupo Contenido Neto). “El King”, “El martillo sin amo”, “La puerta la vieja la ciega la muerta” (con el grupo TIT). “El viejo criado”, “La cantante calva” "Réquiem para un viernes a la noche”, "Los hermanos queridos", “El corazón en una jaula”, "Vendedor de enciclopedias", "País de ciegos", “Mal amor”; “Las chicas de Flores” (con el grupo Boquitas Pintadas). “Siesta” (con el grupo Tatami). “Dolor ajeno”, “Abanico de soltera”, “Las esposas”, “El país de las Brujas” (premio ACE al mejor espectáculo infantil de la temporada 2005), "Un redondo muy cuadrado", “Verdurita, una historia vegetal”, “Antoine, el aviador”, “La zapatera prodigiosa” (nominada a los premios ACE y a los premios Clarín como mejor espectáculo infantil de la temporada 2006). Para el Museo Viajero realiza: "La pequeña aldea", "La tragicomedia del traje", "Cristóbal Colón, un viaje redondo", “Un siglo en un ratito”, “Manuel Belgrano, ensayo ¡General!”, “San Martín, un General sin remedios”, “De la fonola al wincofón” , “Sarmiento, un Domingo en la escuela”, “El cabildo abierto, la película”
Participa en diversos festivales nacionales e internacionales tales como: “Festival Mundial de Teatro de Marionetas”, Charleville, Francia, “X Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá” “Festival Internacional de Teatro de Bonecos de Belo Horizonte”, “Festival Internacional de Teatro de Animación de San Pablo”, “Festival Internacional La Fanfarria de Colombia”, “BienArte de Córdoba”, “La Otra Vereda” (encuentro de nuevas tendencias teatrales), “Festival Internacional de Arte Digital”, “XII Jornadas de la Crítica”.
Integra el grupo de performance Almarmada presentándose en Cemento, S/T I y II, Galería Tema, Casa de la Juventud, Els Quatre Gats y Casal de Catalunya.
Expone individualmente en la Galería Arte X Arte, en la Fundación Banco Patricios, en el Centro Cultural Recoleta y en la Galería Tema. Realiza exposiciones colectivas en Argentina y en el exterior, destacándose : Embajada Argentina en Francia; CELARG, Venezuela; Galería Sol del Río, Guatemala; Galería Plástica Nueva, Chile; Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires; Galería Praxis; Buenos Aires, "Las Voces Emergentes", FABA; Buenos Aires.
Desde 1987 participa en premios y salones: Salón A. L. de Fortabat, Salón Municipal, Salón Nacional, Premio Nuevo Mundo, Premio SHA, Salón Federico Klemm, Universidad de Palermo, entre otros.
Obtiene la Mención de Honor del Concurso para Escenógrafos “Lorca en Buenos Aires”, el primer Premio Estímulo del Banco Provincia, el segundo Premio en el Salón de Arte Sacro de Tandil, el Segundo Premio de la Fundación del Sur, artista seleccionado para el Fondo Telefónica Argentina de Promoción a la Pintura Joven, el Premio Raúl Alonso en el 72do. Salón de Santa Fe y la Primera Mención del Premio Braque.

Fragmentos de La estepa, de Antón Chéjov
A través de las tinieblas se ve todo, pero cuesta distinguir el color y los contornos de los objetos. Las cosas aparecen distintas a como son realmente. Prosiguen el viaje y de pronto se ve adelante, a la vera del camino, una silueta parecida a la de un monje. No se mueve, parece esperar a alguien y tiene algo en las manos. ¿Será un bandido? La figura se acerca, crece, pasa junto al carromato y entonces se descubre que no es un hombre, sino un solitario arbusto o una piedra grande. Similares figuras inmóviles, expectantes, se yerguen en las colinas, se esconden detrás de los túmulos, se asoman desde los herbazales y todas se parecen a hombres y despiertan sospechas.
Viajas una, dos horas... Encuentras por el camino un túmulo, un anciano callado o un ídolo de piedra puesto allí quién sabe por quién, ni cuándo. Un pájaro nocturno vuela en silencio, a ras del suelo y poco a poco vienen a la mente las leyendas esteparias, los relatos de quienes encontramos por el camino, los cuentos de la nodriza oriunda de la estepa, y todo aquello que sólo tú supiste ver y lo que pudo captar tu alma. Y entonces, en el alboroto de los insectos, en las figuras sospechosas y en los túmulos, en el cielo celeste y en la luz de la luna, en el vuelo del pájaro nocturno, en todo lo que ves y escuchas, comienzas a percibir el triunfo de la belleza, la juventud, el florecimiento de las fuerzas vitales y la apasionada sed de la vida; el alma contesta al llamado de la severa y hermosa patria, y uno quiere volar sobre la estepa junto con el pájaro nocturno. Y en ese triunfo de la belleza, en el exceso de la felicidad, sientes la tensión y la angustia, como si la estepa supiera que está sola, que su riqueza y su inspiración se pierden inútilmente para el mundo, sin que nadie la celebre, sin importar a nadie, y así escuchas entre sus rumores jubilosos el llamado angustioso, desesperado: ¡el poeta!, ¡que llegue el poeta!
Cuando, durante mucho tiempo, sin apartar la vista, te quedas mirando el cielo profundo, no se sabe porqué los pensamientos y el alma confluyen en una sola percepción de la soledad. Comienzas a sentirte irremediablemente solo y todo lo que antes considerabas cercano y entrañable, se transforma en algo lejano e inestimable. Cuando te quedas a solas, observas las estrellas que nos miran desde el cielo hace miles de años, indiferentes a la breve vida del hombre, y tratas de descifrar su sentido, entonces sientes que agobian tu alma con su silencio. En ese momento sobreviene a la mente la idea de aquella soledad que nos espera a cada uno de nosotros en la tumba, y el sentido de la vida se nos presenta como algo desesperado, horrible...
Egorúshka pensó en la abuela que ahora dormía en el cementerio, debajo de los cerezos; la recordó en el ataúd, con las monedas de cobre sobre los ojos, cómo la cubrieron con la tapa y la bajaron a la tumba; recordó también el ruido sordo de los terrones que caían sobre la tapa... imaginó a la abuela en el angosto y oscuro ataúd, abandonada por todos y desamparada. Creía entrever que la abuela se despertaba de pronto y, sin entender dónde estaba, empezaba a dar golpes en la tapa, a pedir auxilio hasta que, finalmente, agotada de horror, se moría otra vez. Imaginó ver muertos a su mamá, al padre Cristóforo, a la condesa Dranitskaia, a Salomón. Pero lo que no podía lograr, aunque quisiera, era imaginarse a sí mismo en la tumba oscura, lejos de casa, abandonado, impotente y muerto. No podía concebir la posibilidad personal de morir y sentía que jamás moriría...
sábado, 6 de junio de 2009
Y llega el vestuario de la mano de Cecilia Zuvialde
Cecilia Zuvialde se formó en el Instituto de Diseño escénico Saulo Benavente. Entre sus recientes trabajos se encuentran: “Apenas el fin del mundo” (diseño de escenografía y vestuario) estrenada en el Espacio Callejón, bajo la dirección de Cristian Drut, en el marco de la semana Lagarce en Buenos Aires.2007/2008,“Clone” (diseño de escenografía y vestuario) ópera contemporánea de Antonio Zimmerman y libreto de A. Tantanian sobre el cuento homónimo de Julio Cortazar en el Centro de Experimentación del Teatro Colon.2007, “Body Art” (diseño de escenografía y vestuario) El Kafka, 2008 “Luisa se estrella contra su casa”(diseño de escenografía) dirección de Ariel Farace, Casa de la Cultura de La ciudad de Buenos Aires, 2008“Tumba del niño moral” (diseño de escenografía y vestuario) estrenada en El excéntrico de la 18 bajo la dirección de Lautaro Vilo en 2007.“Alguien de algún modo” (diseño de vestuario)estrenada en El portón de Sánchez en 2007 bajo la dirección de Ciro Zorzoli.“Parto” (diseño de vestuario) estrenada en el Teatro Presidente Alvear en 2007, bajo la dirección de Luís Garay. Obra participante del Festival Internacional de Bs. As 2007. “Los Demonios” (diseño de vestuario) estrenada en el Espacio Callejón en 2006, bajo la dirección de Gonzalo Martínez. “Comunidad” (diseño de vestuario) estrenada en el Espacio Callejón en 2006, bajo la dirección de Carolina Adamovsky. Obra participante en el Festival Internacional de Porto Alegre 2007.“Mein Liebster” (diseño de vestuario) dirigida por el coreógrafo Luís Garay, estrenada en el Centro Cultural Ricardo Rojas en el marco del ciclo Mozart x2. 2005.“El montañés”, (diseño de vestuario) dirigida por Guillermo Arengo en el Centro Cultural Ricardo Rojas, en el marco del proyecto Inversión de la carga de la prueba. Participante del V Festival internacionalde Teatro de Buenos Aires, “Cenizas en las manos” (Diseño de vestuario) estrenada en El Portón de Sánchez con dirección de Cristian Drut; en el marco del evento Tintas Frescas, organizado por la Embajada de Francia. 2004.“Un acto de comunión” (diseño de escenografia y vestuario) dirigida por Lautaro Vilo, estrenada en 2004 en el Festival Verano Porteño en la Ciudad Cultural Konex. En 2005 se repuso en el Espacio Callejón participando del V Festival internacional de Teatro y fue invitado a presentarse en el Teatro Comedia (Córdoba), el Foro la gruta (DF, México) y Auditorio (Xalapa, México)
Las fotos, por Santiago Young, que además de ser actor y uno de los protagonistas de la obra, es fotógrafo.
miércoles, 3 de junio de 2009
Una historia tediosa (Apuntes de un hombre viejo.)
El anciano y prestigioso profesor universitario, afectado por una enfermedad y frente a una posible muerte, recapitula su vida y analiza sus ideas y puntos de vista sobre los distintos aspectos de la realidad, descubriendo nuevas facetas de la misma y reconsiderando algunas viejas convicciones propias.
El tema, de este modo, se asemeja a la situación expuesta en el conocido relato de León Tolstoi “La muerte de Iván Illich”, pero Chéjov resuelve el conflicto espiritual de su profesor en forma muy distinta, aunque en general se sentía influído, en aquellos años, por las ideas de Tolstoi sobre la moral y el arte.
“Por desgracia, no soy filósofo ni teólogo. Sé muy bien que no viviré más de medio año y parecería que ahora me debieran preocupar más que nada las cuestiones sobre las tinieblas de ultratumba y sobre las imágenes que visitarán mi último sueño. Pero por alguna razón mi alma no quiere conocer estas cuestiones, aunque mi inteligencia conoce toda su importancia. Igual que hace 20-30 años, ahora, frente a la muerte no me interesa más que la ciencia. Al exhalar mi último suspiro, siempre creeré que la ciencia es lo más importante, lo más bello y lo más necesario en la vida del hombre, que ella siempre fue y será la suprema manifestación del amor y que sólo con su ayuda el hombre vencerá a la naturaleza y a sí mismo. Esta fe puede ser ingenua e injusta en su fundamento, pero no soy culpable de que yo crea así y no de otra manera.”
“El mejor y el mas sagrado derecho de los reyes es el derecho de perdonar. Y yo siempre me sentía como rey, pues hice uso sin límites de este derecho. Nunca condené, fui condescendiente, perdoné gustoso a todo el mundo. Allí donde los otros protestaban y se indignaban, yo sólo aconsejaba y trataba de convencer. Durante toda mi vida traté de que mi presencia fuera tolerable para mi familia, para mis estudiantes, para mis colegas, para la servidumbre. Y ésta mi manera de tratar a la gente educaba -lo sé- a todos los que me rodeaban. Pero ahora ya no soy más un rey. Ocurre en mí algo que sólo es propio de los esclavos: en mi cabeza día y noche deambulan malos pensamientos, mientras en mi alma se anidaron sentimientos que antes yo desconocía. Yo odio, desprecio, me enojo, me indigno, temo. En forma desmedida me hice severo, exigente, irritable, descortés, desconfiado.”
Chéjov - Levitán
Tanto Chéjov como Levitán aprovechaban al máximo la espléndida naturaleza de Bábkino. Antón escribía, Isaak pintaba. A Chéjov le gustaban los cuadros de su amigo; Levitán no se cansaba de admirar las poéticas descripciones de la naturaleza que a menudo aparecían en los cuentos de Antón Pávlovich.
La admiración de Levitán se extendió a la hermana de Antón, Masha. Un día, al encontrarla sola en el bosque cercano, se cayó de rodillas delante de ella y le declaró su amor. María corrió a su casa, se refugió en su habitación y no apareció para el almuerzo. Antón fue a verla y al enterarse de lo sucedido le dijo: “Si tú quieres casarte con él, cásate. Pero sabe que él necesita una mujer balzaciana y no una mujer como tú.” Durante una semana María trató de eludir a Levitán y éste, comprendiendo su respuesta negativa, deambuló por los alrededores, taciturno y melancólico. Poco a poco se reanudaron entre ellos sus relaciones amigables de siempre y él volvió a corregirle los bocetos.
La amistad entre el pintor y la familia Chéjov se interrumpió bruscamente a causa de una novela corta de Antón que la revista literaria “Norte” publicó en 1892.
La novela se llama “La cigarra” y sus protagonistas son el médico Dímov, su esposa Olga y el pintor Riabovsky. A Olga le gustan los hombres destacados, talentosos, que ya tienen cierto nombre. Estos se reúnen una vez por semana en la casa del matrimonio Dímov, tocan el piano, recitan versos, hablan y discuten sobre el arte. El dueño de casa rara vez toma parte en estas pláticas. Generalmente prepara la mesa y a las once y media de la noche abre la puerta del comedor y con su bondadosa y mansa sonrisa dice, frotándose las manos: -Por favor, señores, pasen a tomar bocado-
En verano Olga parte con un grupo de pintores a la región del Volga, donde vive un romance con Riabovsky. De regreso a la ciudad, su relación con el pintor continúa todavía durante un tiempo, mientras su marido, dándose cuenta de la situación, la trata con una magnánima pero callada piedad. Riabovsky a su vez la engaña con otra mujer y Olga, amargada y desilusionada, decide volver a la feliz y natural vida de antes. Pero es tarde: Dímov contrajo en el hospital una grave enfermedad y muere, a pesar de los cuidados de sus colegas. Estos le revelan a Olga que su marido era un gran médico y que la medicina perdía con él una futura celebridad.
Es que en la vida real sucedió algo muy parecido. Sofía Petrovna, esposa del médico de policía Dimitry Kuvshínnikov, recibía en su casa moscovita a músicos, pintores, actores y escritores. Los hermanos Chéjov eran sus frecuentes huéspedes. Levitán le daba a la dueña de casa clases de pintura. En verano un grupo de pintores partió hacia las orillas del Volga. Con ellos fueron Levitán y su alumna, Sofía Petrovna. Al año siguiente se repitió la prolongada excursión y las relaciones entre Levitán y su discípula se tornaron transparentes.
Cuando “La Cigarra” de Chéjov fue publicada, Levitán se reconoció en el personaje de Riabovsky y su enojo fue tan grande que tenía el propósito de desafiar a Antón Pávlovich a duelo. No lo hizo, pero las relaciones entre los dos íntimos amigos quedaron rotas y esta ruptura duró más de dos años.
sábado, 30 de mayo de 2009
jueves, 28 de mayo de 2009
miércoles, 27 de mayo de 2009
Chéjov por Carver
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L´Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas —la mitad de la noche incluso— en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, como no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maître, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el “escándalo” del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave. «Reía y bromeaba como de costumbre —escribe Suvorin en su diario—, mientras escupía sangre en un aguamanil.»
Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.
«Antón Pavlovich yacía boca arriba —escribe Maria en sus memorias—. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones.» Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano —obra de un especialista, era evidente— de los pulmones de Chejov. (Era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes puedan ver en qué consiste su dolencia.) El contorno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. «Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas», escribe Maria.
También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena el «núcleo de los allegados», ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro («¿Adónde le llevan sus personajes? —le preguntó a Chejov en cierta ocasión—. Del diván al trastero, y del trastero al diván»), apreciaba sus narraciones cortas. Además —y tan sencillo como eso—, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.» Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o dietario en aquel tiempo): «Estoy contento de amar... a Chejov.»
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov escribiría más tarde: «Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor...) cuya esencia y fines son algo arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla.»
A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía —según confesó en cierta ocasión— de «una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan».
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: «Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: “No puedo hacer nada, Me iré en la primavera, con el deshielo.”» (El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba «engordando», y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Badenweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba «mi poney», y a veces «mi perrito» o «mi cachorro». También le gustaba llamarla «mi pavita» o sencillamente «mi alegría».
En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al cielo y salió a la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente despacho: «Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.» El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. «Chejov —escribe— subía a duras penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento.» De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo —según Olga—, lo hacía con «una casi irreflexiva indiferencia».
El doctor Schwöhrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwöhrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana. Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor Schwöhrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: «Es probable que esté completamente curado dentro de una semana» ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se encontraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir seis o siete líneas diarias. «Empiezo a desanimarme —escribió a Olga—. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.» Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó llamar al doctor Schwöhrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del doctor Schwöhrer. «Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio», escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. «No debe ponerse hielo en un estómago vacío», dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwöhrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwöhrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer —lo obligaba a ello un juramento— todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwöhrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwöhrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: «¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.»
El doctor Schwöhrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwöhrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua el aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. «¿Cuántas copas?», preguntó el empleado. «¡Tres copas!», gritó el médico en el micrófono. «Y dése prisa, ¿me oye?». Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos —santo cielo—, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moët a la habitación 211. «¡Y date prisa, ¿me oyes?!»
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró con el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwöhrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwöhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champaña...» Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwöhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwöhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwöhrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schwöhrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwöhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwöhrer. Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la Historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. «No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos —escribiría más tarde—. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.»
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwöhrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las rosas a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí —dijo el joven— para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas. La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues salvo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes extranjeros —dijo— podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas, dijo luego, volviendo a mirar —ahora con mirada indecisa— en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto ¿lo entendía? Cómprense-vous?¿Eh, joven? Antón Chejov estaba muerto. Ahora atiéndame bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza.
Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana —un jarrón lleno de rosas— destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un tufillo de formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Cogió el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Victor Gallego
En un intercambio vía mail, el traductor del libro Cuentos, de Antón Chéjov, tuvo la gentileza de enviarnos unas palabras acerca del cuento "Casa con desván".
Aquí las palabras de Victor Gallego.
¡Gracias!
Pues sólo decirle que es uno de los cuentos de Chéjov que más me gustan. Me parece, también, uno de los mas complejos, de los que más se abren a diferentes interpretaciones y salidas. En ese sentido tiene algo de simbólico, o al menos de alegórico. Por otro lado, presenta uno de los ejemplares más puros y paradigmáticos de ese personaje que recorre casi todos sus cuentos, “bueno, pero incapaz de hacer el bien”. La propia estructura del relato es casi perfecta, con esa presentación del jardín sombrío, a la incierta luz del atardecer, y ese final magnífico: “Misius, dónde estás?”. Por lo demás, en esas discusiones está casi todo el XIX ruso, con esa problemática sobre el bien común y el papel de la inteligencia en el desarrollo de la sociedad. También, por qué no, ese conflico eterno entre el artista, con su egoísmo de creador, y las aspiraciones humanitarias y la preocupación por los demás. Y luego esa red de sentimientos tan complejos: de las dos hermanas con el protagonista, de las dos hermanas entre sí. ¿Qué siente, en realidad, la hermana mayor por el pintor? ¿Celos, odio, amor, o todas y cada una de esas cosas? En fin, un cuento inagotable, maravilloso. Parece mentira que en tan pocas páginas se pueda sugerir tanto. Porque Chéjov nunca afirma, sólo sugiere.
La gaviota
Familia
martes, 19 de mayo de 2009
Textos de tres dibujos
-¡Y los porteros también se atreven a afirmar que yo no tengo aire!
(Dibujo: un hombre toma por la mano y por el talle a una mujer.)
-¡Qué cuello tan blanco tiene usted!
-¡Yo tengo todo el cuerpo así, palabra de honor!
(Dibujo: una mujer parada ante la mesa del juzgado.)
-¡Testigo Pozhárova! Ya hace media hora que la llamo a la mesa, y usted no se presenta… ¿Dónde estaba? ¿Usted es sorda?
-No… Yo estaba aquí… No me acerqué, porque yo ya no soy Pozhárova… Yo me casé ayer…
Título original: Podpisi k triom risunkam, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 8, con dibujos de N.A. Bogdánov y la firma: “A. Chejonté”.
sábado, 18 de abril de 2009
Meyerhold a Chéjov
¡Querido Antón Pávlovich!
Escribe Usted: “Gracias por haberse acordado de mí”. ¿Ha podido creer que le había olvidado, porque he callado mucho tiempo? Siempre pienso en usted. Cuando le leo, cuando trabajo en sus piezas, cuando reflexiono en el sentido de la vida, cuando estoy en desacuerdo con los demás y conmigo mismo, cuando sufro por mi soledad...
Sí, con mi silencio, he dejado de darle una prueba real de mi pensamiento dirigido constantemente hacia usted; la única razón es que tengo conciencia de estar mal armado para la vida; sé que todo lo que siento no ofrece ningún interés para nadie.
Soy irritable, susceptible, molesto, y todo el mundo me encuentra desagradable.
Y yo sufro y sueño con el suicidio. Me da igual que me desprecien. Quiero seguir el mandato de Nietzsche: Werde der du bist.(1)
Digo resueltamente todo lo que pienso. Odio la mentira, no desde el punto de vista de la moral comúnmente admitida (que está basada ella misma sobre la mentira) sino como hombre que aspira a purificar su personalidad.
Me indigno abiertamente ante la arbitrariedad policíaca de la que fui testigo en Petersburgo el 4 de marzo, y no consigo entregarme con serenidad a mi arte, cuando mi sangre bulle y todo me llama a la lucha. (2)
Deseo arder en el espíritu de mi tiempo. Deseo que todos los hombres de teatro tomen conciencia de su alta misión. No puedo considerar tranquilamente a mis compañeros que, ajenos al interés público, se niegan a elevarse por encima de los estrechos intereses de casta.
¡Sí, el teatro puede desempeñar un papel inmenso en la transformación de todo lo que existe! No en vano la juventud petersburguesa ha cuidado de subrayar su actitud hacia nuestro teatro. Mientras que, en la iglesia y en la plaza, se golpeaba cruel y cínicamente a esta juventud con látigos y sables, en el teatro podía dar libre curso a sus protestas contra la arbitrariedad policíaca, destacando en El Doctor Stockmann frases que no tenían nada que ver con la idea de la obra, pero que ésta juventud aplaudía frenéticamente: “¿Es justo que unos imbéciles gobiernen a gente instruida?” o “Cuando se va a defender la libertad y la verdad, no hay por qué ponerse los mejores trajes”. Tales son las frases de Stockmann que han provocado manifestaciones. Uniendo los partidos y las clases, el teatro imponía a todos un mismo dolor, un mismo entusiasmo, e impulsaba a protestar contra lo que indigna por igual a todo el mundo. El teatro se ha afirmado así por encima de los partidos y ha hecho comprender que llegará un día en que sus paredes defenderán contra el látigo a los que se esforzaron por gobernar el país en nombre de la libertad de todos.
La agitación pública de estos últimos días me ha reanimado y ha despertado en mí aspiraciones en las que no osaba soñar. Tengo de nuevo deseos de estudiar, de estudiar, de estudiar.
Tengo que decidir si debo perfeccionar mi personalidad o lanzarme al combate por la igualdad.
Esto es lo que quisiera saber: ¿Es posible que los humanos lleguen a ser iguales sin que cada uno de ellos renuncie a su moral individual, aún cuando ésta no perjudique a nadie y sea comprensible para todos en tanto que manifestación de un mismo espíritu?
Y además, me parece que no se debe buscar llegar a ser “un maestro”, cuando la lucha social nos empuja a la fila de los “esclavos”.
Estoy terriblemente conmocionado y tengo sed de saber.
Cuando miro mis manos delgadas, las odio, porque me veo tan flojo y blando como estas manos que nunca han cerrado el puño con fuerza.
Mi vida me parece como una larga crisis torturante de una horrible enfermedad que se arrastra a lo largo de ella. No hago sino esperar, esperar que esta crisis se desate de un modo u otro. No tengo miedo del porvenir, con tal de que al final llegue pronto, no me importa qué final... Pero eso basta.
¡Venga más rápido querido Antón Paulovich! Reconfórtenos con su ternura. Y a usted, la naturaleza le reconfortará. Hace buen tiempo aquí. La primavera se despliega de día en día. Se sienten deseos de partir hacia el aire, en el seno de la naturaleza. Últimamente hemos admirado la puesta de sol en Ptrovsko-Razumovskoya. Después hemos seguido con la mirada las sombras que se condensaban y las siluetas de los árboles subiendo poco a poco hacia el cielo pálido, cada vez más altas a medida que caía la oscuridad. El aire se enfriaba, las estrellas se encendían y, como en la naturaleza, las sombras se desplegaban en el aire. Hubiéramos querido quedarnos toda la noche en esta atmósfera misteriosa, y vivir mil pensamientos para acercarnos, aunque sólo fuera un poco, a la comprensión del sentido inconcebible del ser...
Vsevolod MEYERHOLD, que le quiere calurosamente.
¡Escríbame una palabra antes de venir! Mis mejores saludos a su madre
1-“Llega a ser lo que eres”
2- El 4 de marzo de 1901, frente a la catedral de Kazan en Petersburgo, tuvo lugar una manifestación que fue reprimida ferozmente. Este suceso que jalona una de las etapas de la revolución en marcha, coincidió con la estancia en la capital del Teatro de Arte de Moscú, en gira por todo el país, que representaba El Doctor Stockmann de Ibsen. Ver “Mi vida en el Arte” de Stanislavski, edic. francesa, Paris 1950, pp 161 y siguientes; Edic. italiana, Einaudi 1963, Torino, pp. 306-307.
Chejov, por Máximo Gorki
-Si yo tuviera mucho dinero, instalaría aquí un sanatorio para los maestros rurales enfermos. ¿Sabe?, construiría un edificio así claro, muy claro, con ventanas grandes y techos altos. Tendría una hermosa biblioteca, diversos instrumentos musicales, un colmenar, un huerto, un jardín frutal, se podrían dictar conferencias de agronomía, meteorología, ¡un maestro debe saberlo todo, padrecito, todo! De pronto calló, tosió, me echó una mirada de soslayo, y sonrió con su sonrisa suave, grácil, que siempre atraía a él de modo irresistible, y despertaba una atención peculiar, intensa a sus palabras. -¿Le aburre escuchar mis fantasías? Y a mí me gusta hablar de eso. ¡Si usted supiera, cuánta falta le hace al campo ruso un maestro bueno, inteligente, instruido! Aquí, en Rusia, es necesario ponerlo en ciertas condiciones especiales, y eso hay que hacerlo rápido, si entendemos que sin una instrucción amplia del pueblo, el estado se derrumba, ¡como una casa construida con ladrillos mal cocidos! El maestro debe ser un artista, un pintor enamorado ardientemente de su labor, y entre nosotros es un obrero lumpen, un hombre mal instruido, que va al campo a enseñar a los niños con las mismas ganas, con que iría al destierro. Anda con hambre, apocado, asustado con la posibilidad de perder su pedazo de pan. Y haría falta que fuera el primer hombre del pueblo, que pudiera responder a todas las preguntas del mujík, para que los mujíks reconozcan en él una fuerza digna de atención y respeto, que nadie se atreva a gritarle... a humillar su persona, como hacen todos entre nosotros: el policía, el tendero rico, el pope, el comisario, el curador de escuela, el síndico, y ese funcionario que lleva el título de inspector de escuela, pero que no se preocupa de una mejor situación de la instrucción, sino sólo del cumplimiento minucioso de las circulares del distrito. Es absurdo pues, pagarle unos gróshes2 a un hombre que está llamado a educar al pueblo, ¿entiende?, ¡educar al pueblo! No se puede pues permitir, que ese hombre ande en harapos, tiemble de frío en las escuelas húmedas, sarnosas, se queme, se resfríe, se busque a los treinta años una laringitis, un reumatismo, una tuberculosis... ¡pues eso es una vergüenza para nosotros! Nuestro maestro, ocho, nueve meses al año vive como un anacoreta, no tiene a quien decirle una palabra, se embrutece en la soledad, sin libros, sin distracciones. Y si llama a sus colegas a su casa, lo acusan de ser poco confiable, ¡la palabra estúpida con la que los hombres pícaros asustan a los imbéciles!.. Es repulsivo todo eso... como una burla al hombre que hace un trabajo grande, terriblemente importante. ¿Sabe?, cuando yo veo a un maestro, me siento incómodo con él por su timidez, y por que está mal vestido, me parece que yo mismo soy culpable en algo por esa miseria del maestro... ¡en serio! Calló, se quedó pensativo y, dejando de la mano, dijo en voz baja: -Es un país tan absurdo, tan deforme nuestra Rusia. La sombra de una profunda tristeza cubrió sus ojos divinos, las finas rayas de sus arrugas los rodearon, haciendo profunda su mirada. Echó una mirada a su alrededor y se burló de sí mismo: -¿Ve?, le solté todo un artículo editorial de periódico liberal. Vamos, le voy a dar té por ser tan paciente… Eso le sucedía a menudo: hablaba de un modo cálido, serio, sincero, y de repente se burlaba de sí mismo y de su discurso. Y en esa burla suave, triste se sentía el fino escepticismo de un hombre, que conocía el precio de las palabras, el precio de los sueños. Y en esa burla asomaba aun una modestia agradable, una aguda delicadeza... Despacio y callados fuimos a la casa. Era un día claro, caluroso, las olas rumoraban bajo los rayos brillantes del sol, a los pies de la montaña aullaba cariñosamente un perro satisfecho de algo. Chejov me tomó del brazo y, tosiendo, profirió con lentitud: -Es vergonzoso y triste, pero es cierto: hay mucha gente que envidia a los perros... Y al instante, echándose a reír, añadió: -Yo hoy sólo digo palabras caducas… entonces, ¡estoy envejeciendo!
Chejov, por Iván Búnin
Yo lo conocí en Moscú, a finales del año noventa y cinco. Recuerdo unas cuantas frases características de él.-¿Usted escribe mucho? –me preguntó una vez.Yo respondí que poco.
-En vano -dijo casi sombríamente, con su voz baja, pectoral. –Hay que trabajar, ¿sabe?.. Sin posar la mano… toda la vida.Y tras callar un poco, sin una relación aparente, agregó:-Para mí, después de escribir un cuento, se debe tachar el principio y el final. Ahí nosotros, los literatos, mentimos más que todo… Y con brevedad, hay que escribir en lo posible con brevedad.Después de Moscú no nos vimos hasta la primavera del año noventa y nueve. Habiendo ido esa primavera a Yalta por unos pocos días, una vez al atardecer lo encontré en el malecón.-¿Por qué no pasa por mi casa? –dijo. -Venga mañana seguro.-¿Cuándo? –pregunté.-Por la mañana, a eso de las ocho.Y al advertir, probablemente, el asombro en mi rostro, aclaró:-Yo me levanto temprano. ¿Y usted?-Yo también -dije.-Bueno, así pues venga, cuando se levante. Vamos a tomar café. ¿Usted toma café? Por la mañana no hay que tomar té, sino café. Una cosa maravillosa. Yo, cuando trabajo, me limito hasta la tarde, sólo al café y al caldo. Por la mañana café, y al mediodía caldo.Después pasamos callados por el malecón, y nos sentamos en la plaza, en un banco.-¿Le gusta el mar? -dije.-Sí –respondió. –Sólo que es muy desierto.-Eso es lo bueno –dije.-No sé -respondió mirando a algún lugar en la lejanía y, evidentemente, pensando en algo suyo. –Para mí, es bueno ser un oficial, un joven estudiante… Estar sentado en algún lugar concurrido, escuchar una música alegre…Y a su manera, calló un poco y, sin una relación aparente, agregó:-Es muy difícil describir el mar. ¿Sabe qué descripción del mar leí hace poco, en un cuaderno escolar? “El mar era grande”. Y sólo. Para mí, es maravilloso.En Moscú vi a un hombre de edad madura, alto, esbelto, ligero de movimientos; me recibió de modo amistoso, pero con tal sencillez, que yo tomé esa sencillez por frialdad. En Yalta lo encontré muy cambiado: había adelgazado, el rostro se le había oscurecido, se movía con más lentitud, su voz sonaba más apagada. Pero, en general, era casi el mismo que en Moscú: amistoso pero contenido, hablaba con bastante vivacidad, pero con más sencillez y brevedad aun, y durante la conversación siempre pensaba en algo suyo, dejando al interlocutor captar, por sí mismo, los cambios en la corriente oculta de sus pensamientos, y siempre miraba al mar a través de los cristales de su pince-nez, alzando el rostro levemente. A la mañana siguiente, después del encuentro en el malecón, fui a verlo a su casa de campo. Recuerdo bien esa mañana soleada que pasamos en su jardincito. Desde entonces empecé a visitarlo más a menudo, y después me hice una persona de confianza por completo en su casa. Debido a eso, cambió su actitud hacia mí, se hizo más de corazón, más sencilla…La casa de campo en Autk, de piedra blanca, su jardín pequeño, que él cultivaba con tanta dedicación, siempre amante de las flores, los árboles; su gabinete, de cuyo adorno servían sólo dos-tres cuadros de Levitán y una gran ventana semi-redonda, que descubría una vista de la llanura del Uchan-Su, que se perdía en jardines, y el triángulo azul del mar, esas horas, días, a veces semanas que yo pasé en esa casa de campo, quedarán para siempre en mi memoria…A solas conmigo, se reía a menudo con su risa contagiosa, le gustaba bromear, inventar cosas diversas, apodos absurdos; tan pronto se sentía, siquiera, un poco mejor, era implacable en todo eso. Le gustaban las conversaciones sobre literatura. Hablando de ésta, se admiraba a menudo con Mauppassant, con Tolstói. En particular, hablaba a menudo de ellos, y del Tamán de Liérmontov.-¡No puedo entender -decía, -cómo pudo él, siendo un muchacho, hacer eso! ¡Y pues escribir una cosa así, y aún un buen vodevil; y entonces se puede morir uno!
miércoles, 8 de abril de 2009
Casa con desván, de Antón Chéjov
Aquí el cuento de Antón Chéjov. Se lo puede encontrar con el nombre de Casa con desván, o La casa del sotabanco, y también como Lida y Misius (título que da nombre a este blog.)
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No he vuelto a ver a las Volchanínov. Hace poco, yendo a Crimea, me encontré en el tren con Belokúrov. Lo mismo que antes, iba vestido con un abrigo largo y una camisa bordada. Cuando le pregunté por su salud, me contestó: “Bien, gracias a sus oraciones”. Nos pusimos a charlar. Había vendido su hacienda y comprado otra más pequeña, que había puesto a nombre de Liubov Ivánovna. Me contó algunas cosas de las Volchanínov. Lida, según sus palabras, seguía viviendo en Shelkovka, y enseñaba a los niños en la escuela; poco a poco, había conseguido reunir en torno suyo un grupo de gentes afines que, tras constituir un partido fuerte, había “desalojado” en las últimas elecciones del zemstvo a Balaguin, aquel que hasta entonces había tenido todo el distrito en su poder. De Zhenia sólo me dijo que no vivía en la casa y que no sabía dónde se encontraba.
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